Educación, ¿la salvación de la democracia?

¿Cuántas veces no hemos escuchado que la salvación de la democracia está en la educación? ¿Cuántas veces no hemos atribuido a la deficiencia educativa la deficiencia del régimen democrático de nuestro país? ¿Cuántas personas no afirman que lo anterior? Sin duda, sabemos que son muchas las personas, los políticos e incluso los intelectuales quienes apuestan por ello. A simple vista, tal afirmación resulta convincente: a través de la educación se formarán ciudadanos más conscientes e interesados en la práctica política del país y estos ciudadanos serán quienes a través de su participación activa mejorarán el régimen democrático en el que vivimos. La anterior afirmación se ve fortalecida por quienes creen que esto es cada día más posible gracias al uso casi universal de internet y de las redes sociales. Así planteado, parece alentador el panorama que la educación puede dar a la democracia, incluso se podría llegar a una participación más activa de la ciudadanía en los asuntos públicos.

Analizando la cuestión, vemos, no sin un dejo de decepción, que lo anterior no es tan simple ni tan fácil como parece. Giovanni Sartori, una de las figuras más sobresalientes en el actual debate en torno a la democracia, analiza esta cuestión en dos de sus obras más importantes: ¿Qué es la democracia?Homo videns. Gran parte de lo dicho en este artículo parte de la lectura de dichas obras.

Para empezar, debemos darnos cuenta de que el ciudadano educado no es necesariamente un ciudadano interesado e informado en política, es más, podríamos llegar a decir que es prácticamente imposible que lo haya, veamos por qué. Supongamos que en nuestro querido México ocurre un milagro inesperado y tenemos una población donde todos son profesionistas. Contamos así con una población de individuos conocedores de alguna rama del saber, con personas que efectivamente han recibido una educación universitaria, ¿por eso hay ciudadanos más conscientes en la actividad política del país? Tal vez habría unos cuantos ciudadanos dedicados al área de ciencias sociales o al área de las humanidades que efectivamente lo estarían, y eso ya es mucho decir. Pero, ¿y los demás? Es casi seguro que al ingeniero, al físico y al químico poco o nada le interesa la actividad política del país, claro está que como en todo habría muy pocas excepciones. ¿Por qué? Es bastante simple en realidad. Actualmente son altísimos los niveles de especialización en todas y cada una de las ramas del saber. Me parece evidente que los profesionistas desean siempre especializarse en su rama del saber, sobre todo en un entorno laboral tan competitivo como el de nuestro país. Por si lo anterior fuera poco, todas las profesiones exigen una actualización constante a la que los profesionistas deben de estar atentos si quieren hacer bien su trabajo y mantener seguro el empleo. Dicho lo anterior, no es de sorprendernos que el ciudadano profesionista no se ocupe de los asuntos públicos, aunque no sea por falta de interés o apatía, si no simplemente por que carece de tiempo.

Más allá de lo anterior, habrá quien replique que el sólo hecho de tener un bagaje cultural en alguna rama del conocimiento basta para que la gente sea consciente y participe de manera activa en la democracia. Esto es falso, puesto que supone que la educación lleva inmediatamente a desear participar en la democracia. En La civilización del espectáculo, Vargas Llosa cita el famoso caso de Heidegger, una de las mentes más brillantes del siglo pasado, quien era un ferviente partidario del nacionalsocialismo. Otro caso que también contradice la suposición, aunque menos importante que el gran filósofo alemán, es el de los jóvenes que tras recibir una educación universitaria optan sin más por proclamar la necesidad de una revolución armada, siendo ésta todo lo contrario a la democracia.

Una vez denunciado el absurdo de la afirmación con la que se abre este artículo, es necesario preguntarse por la solución. Inmediatamente muchos de ustedes dirían: “lo que se necesita entonces es una educación política para todos los ciudadanos”. Pero de ser esta la solución, representaría más problemas que soluciones en la práctica. El problema inicial consiste en quién ha de impartir esta educación: el estado o los particulares. En ambos casos existe el peligro de que la educación se oriente a formar ciudadanos adeptos a tal o cual postura política. Ahí está el segundo problema, el problema del contenido de tal educación. El contenido de dicha educación puede ser un discurso de defensa o de ataque en contra de tal o cual postura política, por lo que nuestra tan añorada educación política, que habría de llevarnos a generar ciudadanos conscientes, puede convertirse fácilmente en adoctrinamiento.

Si resulta imposible educar a los ciudadanos para la democracia, entonces, ¿Qué hacer ante las malas decisiones de la mayoría? Me parece que este problema es muchísimo más complejo de lo que a simple vista parece, por lo tanto, no creo que por ahora nadie pueda dar una solución satisfactoria y mucho menos en un artículo. Es por eso que me limito únicamente a dejar señaladas las críticas a la postura que proclama que la salvación de la democracia está en la educación e invitar a nuestros amables lectores a reflexiones profundas, a que no se dejen llevar por las primeras impresiones o por soluciones fantasiosas que no tienen ni un ápice de realidad.

Definitivamente, en la educación no está la salvación de la democracia, o por lo menos, no del todo.

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